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Fukushima, quince años después: qué queda de la peor crisis nuclear

Una cubierta gigante sobre el reactor 1, 360 kilómetros cuadrados donde sigue prohibido vivir y pueblos que recuperaron las casas pero no a la gente

Diego Palomar

Diego Palomar

12 de agosto de 2026
Fukushima, quince años después: qué queda de la peor crisis nuclear

El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9 frente a la costa de Tohoku levantó una ola que superó los muros de contención de la central nuclear de Fukushima Daiichi. El agua inundó los generadores de emergencia, los reactores se quedaron sin refrigeración y tres núcleos se fundieron. Fue el peor accidente nuclear desde Chernóbil.

Han pasado quince años. Durante aquellos meses, media España siguió el desastre a través de crónicas y de los testimonios que llegaban desde dentro de la prefectura: gente contando cómo era vivir con un contador Geiger en el bolsillo y con la orden de no abrir las ventanas. Ahora que el ruido informativo ha desaparecido, merece la pena preguntarse qué ha quedado de todo aquello.

Lo que sigue dentro de la central

La respuesta corta es: casi todo.

En los reactores 1, 2 y 3 continúa habiendo restos de combustible fundido —lo que los técnicos llaman fuel debris—, una mezcla endurecida de uranio, acero y hormigón que se formó cuando los núcleos alcanzaron temperaturas capaces de derretir la propia estructura. Para mantenerla estable hay que seguir inyectando agua de refrigeración de forma continua, quince años después.

La retirada de ese material es el verdadero desmantelamiento, y va con un retraso considerable sobre lo previsto. Se ha logrado extraer muestras de apenas unos gramos con brazos robóticos diseñados a medida; el volumen total ronda las 880 toneladas. Nadie que trabaje en el proyecto habla ya de terminar antes de 2050.

Sí ha habido avances visibles. El 19 de enero de 2026 se completó la gran cubierta que cierra por arriba el reactor 1, el más castigado por la explosión de hidrógeno de 2011. Era una obra necesaria antes de tocar nada: sin ella, cualquier manipulación en el interior podía dispersar polvo radiactivo. En la piscina de la planta superior de ese mismo reactor siguen 392 barras de combustible gastado, y TEPCO no prevé empezar a sacarlas hasta el ejercicio de 2027.

El agua, el asunto que enfadó a media Asia

El otro frente es el agua. Refrigerar los restos fundidos genera cada día miles de litros de agua contaminada que hay que almacenar. Cuando los depósitos empezaron a llenarse, Japón optó por tratarla con el sistema ALPS —que retira la mayoría de radionúclidos, aunque no el tritio— y verterla al mar de forma gradual y diluida a partir de 2023.

La decisión provocó protestas en Corea del Sur, el veto chino a los productos pesqueros japoneses y manifestaciones de los propios pescadores de Fukushima, que veían cómo se hundía la poca reputación comercial que habían recuperado.

Tres años después, el balance técnico es favorable. El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica declaró en junio de 2026 que los resultados de los vertidos habían superado sus expectativas y que el desmantelamiento avanza sin contratiempos reseñables. Las mediciones de tritio en agua de mar y en pescado se han mantenido por debajo de los límites establecidos.

Los pueblos que volvieron a existir sin volver a llenarse

Y aquí está la parte que no sale en los informes técnicos.

El Gobierno japonés mantiene una zona de 360 kilómetros cuadrados donde sigue prohibido residir. Fuera de ella se han ido levantando órdenes de evacuación durante los últimos años: se descontaminó el terreno, se rehicieron carreteras, se reabrieron colegios y estaciones de tren.

Pero la gente no ha vuelto. En varios municipios de la región de Sōsō, el retorno apenas alcanza una quinta parte de los vecinos que vivían allí antes de 2011. Hay un dato que lo resume mejor que cualquier porcentaje: en Okuma, la localidad que alberga parte de la central, este año habría celebrado su mayoría de edad una promoción de 135 jóvenes. A la ceremonia acudieron diez.

Lo que se descubrió en Fukushima es algo que Chernóbil ya había insinuado: un pueblo no se recupera reconstruyendo edificios. Quien se marchó con treinta años rehízo su vida en Tokio o en Sendai, escolarizó allí a sus hijos y encontró trabajo. Volver a los cincuenta, a un lugar sin farmacia, sin bar y sin vecinos, no es una decisión sentimental sino económica. Y casi nadie la toma.

La reinvención: hidrógeno, robots y una idea incómoda

La prefectura ha elegido un camino curioso para salir del estigma: convertirse en polo de energías limpias, hidrógeno verde y robótica. En los terrenos que quedaron inservibles para la agricultura se han instalado parques solares y una de las mayores plantas de producción de hidrógeno del mundo. Los centros de investigación que desarrollan los robots del desmantelamiento se han quedado allí y han atraído industria alrededor.

Es, mirado de cerca, una forma extrema de economía circular: reutilizar un territorio arruinado por la energía dándole un uso energético distinto.

Y deja una pregunta incómoda encima de la mesa. Mientras Fukushima se reconstruye alrededor de las renovables, el Gobierno japonés ha reactivado su programa nuclear y ha vuelto a poner reactores en marcha, con el argumento de la seguridad energética y de las emisiones. Los quince años que han pasado no han resuelto ese debate: lo han vuelto más difícil de simplificar.

Lo que se aprende de todo esto

Que las consecuencias de un accidente así no se miden en muertes inmediatas —la radiación causó muy pocas— sino en décadas de trabajo, en presupuestos que se cuentan por decenas de miles de millones y en comunidades que se disuelven sin que nadie firme su disolución.

Y que alargar la vida de las cosas y consumir menos no es una postura moral, es una cuestión práctica: cada kilovatio que no hace falta generar es un problema que no hay que gestionar durante cuarenta años. Es la misma lógica, a otra escala, que hay detrás de reparar un electrodoméstico en vez de tirarlo o de comprar de segunda mano en lugar de fabricar nuevo. En nuestra [sección de sostenibilidad](/sostenibilidad) lo contamos con números más cercanos.

Quince años después, Fukushima Daiichi sigue necesitando agua fría todos los días. Ese es, probablemente, el resumen más honesto.

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