El nombre de Zaha Hadid costaba 21 millones. Su estudio dijo basta
Zaha Hadid Architects pasa a llamarse ZHA para dejar de pagar royalties por el apellido de su fundadora. Una historia sobre identidad, herencia y el precio de una firma.
Nuria Vázquez

Tres letras donde había un nombre
Entre el 15 y el 18 de junio de 2026, Patrik Schumacher anunció en Instagram lo que parecía un detalle de marca y era un terremoto de identidad: Zaha Hadid Architects deja de llamarse Zaha Hadid Architects. A partir de ahora es ZHA. Tres iniciales en lugar del nombre de la mujer que rediseñó la silueta de la arquitectura contemporánea, dobló el hormigón como si fuera tela y convirtió la curva en una firma reconocible desde Bakú hasta Pekín.
La traducción del gesto es incómoda de tan literal. Reducir «Zaha Hadid» a «ZHA» es quitar las vocales, quitar el rostro, dejar el esqueleto. Y el motivo no es estético ni generacional. Es dinero.
El apellido como contrato
La historia arranca en una fecha poco glamurosa: 2013. Aquel año, el estudio firmó un acuerdo de licencia que le obligaba a pagar un 6% de royalties sobre sus ingresos por el derecho a usar el nombre de su fundadora. Cuando Zaha Hadid murió en 2016, el apellido siguió siendo el negocio. Y siguió costando: entre 2018 y 2024, el estudio abonó 21,4 millones de libras a la Zaha Hadid Foundation por seguir llamándose como su creadora.
Léase otra vez esa cifra. Veintiún millones por un nombre propio. No por un edificio, no por un proyecto, no por una idea construida. Por el derecho a poner unas letras en una tarjeta de visita y en la fachada de una propuesta para un concurso en Riad o en Seúl. El apellido dejó de ser una persona y se convirtió en un activo financiero, con su tabla de amortización, su porcentaje y su línea en la contabilidad.
El juez que dijo que esto no era para siempre
La batalla legal acabó dándole la razón al estudio, aunque con un rodeo. En 2024, un fallo obligaba a ZHA a seguir pagando. En 2026, el juez Colin Birss revocó esa decisión con un argumento que esconde más filosofía de la que parece: el contrato no era perpetuo. Nada que firme una empresa con el nombre de un ser humano puede atarla hasta el fin de los tiempos. Con esa sentencia, Schumacher quedó libre para terminar la relación con la fundación y borrar el apellido del rótulo.
Lo jurídico es claro. Lo simbólico es turbio. La fundación que custodia el legado de Hadid pierde su principal fuente de ingresos y, de paso, ve cómo el estudio que más se beneficia de su prestigio decide que ya no necesita su nombre. El legado y la empresa, que durante una década compartieron apellido, se separan como un matrimonio que solo seguía junto por la hipoteca.
¿Puede una firma sobrevivir a su firmante?
Aquí está la pregunta de verdad, la que no resuelve ningún juez. ¿Sobrevive una marca de autor sin su autor? El argumento de Schumacher es de manual: el estudio son sus 400 arquitectos, sus sistemas, su lenguaje formal, no una mujer que falleció hace una década. Tiene razón en lo práctico. Los edificios los proyectan equipos, los algoritmos paramétricos no llevan apellido y el talento de la casa es real.
Pero hay una incomodidad que el balance contable no recoge. Zaha Hadid no era una etiqueta intercambiable. Era una visión, una terquedad, una manera concreta de mirar. Su nombre vendía precisamente porque detrás hubo una persona: la primera mujer en ganar el Pritzker, una iraquí en un gremio de hombres blancos, una outsider que tardó décadas en construir su primer edificio. Quitar el nombre para ahorrar royalties es legítimo. También es admitir, sin decirlo, que la persona ya pesaba más como coste que como inspiración.
Lo que aprende cualquiera que firma con su nombre
La historia de ZHA es un aviso para todo el que construye una marca personal: del arquitecto estrella al diseñador, del artesano al pequeño negocio que lleva su apellido en el cartel. El nombre propio es el activo más potente que tienes y, a la vez, el más resbaladizo. Construyes reputación durante años y un día se convierte en un contrato, en un porcentaje, en una herencia que alguien tendrá que pagar o renegociar.
Schumacher ha elegido el futuro frente a la nostalgia, la empresa frente al mito. Quizá ZHA siga firmando edificios espectaculares durante décadas y nadie recuerde este pleito. O quizá, dentro de unos años, esas tres letras suenen a hueco, a marca que se quedó sin razón de ser. El tiempo dirá si una curva imposible necesitaba un nombre detrás o le bastaba con el eco.
De momento queda una lección fría y elegante: en el diseño de autor, hasta el apellido tiene precio. Y siempre llega el día en que alguien hace la cuenta.
Nuria Vázquez
Escribe en La Plaza sobre actualidad, cultura y ciencia.
Comentarios (0)
No hay comentarios todavía. ¡Sé el primero en comentar!