Quimiofobia: por qué «sin químicos» no existe y qué dice la ciencia
Del millón de libras que ofreció la Royal Society of Chemistry en 2008 a las semillas de albaricoque: qué pasa cuando confundimos químico con tóxico.
Javier Naranjo

Foto de portada: probetas y un vaso de precipitados con líquidos de colores. Horia Varlan, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons, recortada.
El 30 de octubre de 2008, la Royal Society of Chemistry, la sociedad de químicos del Reino Unido, ofreció un millón de libras a la primera persona que le pusiera en las manos un material «100 % libre de químicos». Lo hizo después de que la autoridad británica de publicidad diera por bueno un anuncio que presentaba lo natural como libre de química. Uno de los casos que citaba era un abono «orgánico» que presumía en el envase de no llevar ningún químico, y en la lista de ingredientes de la parte de atrás incluía pentóxido de fósforo y óxido de potasio.
El premio era imposible de ganar. El agua, el aire, una manzana y nuestro propio cuerpo están hechos de sustancias químicas, naturales o sintéticas. «Si alguien lo consigue, veremos evaporarse miles de años de conocimiento», dijo entonces Neville Reed, uno de los directores de la sociedad.
Qué es la quimiofobia
La Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC), que fija los nombres y las normas de la química en todo el mundo, define la quimiofobia como un «miedo irracional a los productos químicos». Pese al nombre, la mayoría de quienes la estudian la describen como un prejuicio más que como una fobia en sentido médico. La química estadounidense Michelle Francl lo resumió así: «Químico se ha convertido en sinónimo de algo artificial, adulterado, peligroso o tóxico». Para ella se parece más al daltonismo que a una fobia, porque quien la tiene no ve la química de casi todo lo que le rodea.
Un estudio publicado en 2019 en la revista Risk Analysis, con 5.631 personas de ocho países europeos (Alemania, Austria, Francia, Italia, Polonia, Reino Unido, Suecia y Suiza), midió hasta dónde llega. El 30 % dijo tener miedo de las sustancias químicas, el 40 % aseguró que las evita en su día a día y el 39 % querría vivir en un mundo «sin químicos».
De dónde viene el miedo
Hay motivos reales detrás. El químico Pierre Laszlo atribuye esa desconfianza tanto a ideas irracionales como a preocupaciones legítimas, como las armas químicas o los accidentes industriales. El químico Gordon Gribble sitúa el arranque en 1962, con «Primavera silenciosa», el libro de Rachel Carson sobre los pesticidas, y cree que la contaminación de Times Beach, en Misuri, en 1983, y el desastre de Bhopal, en la India, en 1984, empeoraron las cosas.
La publicidad hizo el resto. Si «químico» suena a peligro, vender algo como «natural» o «sin químicos» atrae a los clientes, y cada etiqueta así refuerza la idea equivocada de que lo químico es artificial y peligroso. La propia industria ha empezado a fabricar aromas y sabores con biotecnología en lugar de con síntesis química para poder venderlos como naturales.

Extracto de lombarda usado como indicador: su pigmento natural cambia de color según la acidez de cada tubo. Foto: Alessandro e Damiano, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.
La dosis hace el veneno
En 1538, el médico suizo Paracelso lo dejó escrito: todas las cosas son veneno y nada está libre de veneno; solo la dosis hace que algo no lo sea. Hasta el agua y el oxígeno son tóxicos si se toman en exceso, y esa misma idea es la base de los límites máximos de contaminantes que se fijan para los alimentos, el agua potable o el aire. También funciona al revés: de la digital, una planta venenosa, sale la digoxina, un medicamento para el corazón que en dosis pequeñas y controladas cura.
Natural no quiere decir inofensivo
La quimiofobia suele ir acompañada de la idea contraria, la de que lo natural siempre es seguro. Las semillas que hay dentro del hueso del albaricoque llevan amigdalina, un compuesto natural que el cuerpo convierte en cianuro. En abril de 2016, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) calculó que un adulto que coma más de tres semillas pequeñas crudas de una vez, o menos de media grande, puede superar el nivel seguro, y que a un niño pequeño le basta con una pequeña. Se vendían sobre todo por internet como alimento contra el cáncer. La fruta, en cambio, no tiene ningún problema.

Semillas de albaricoque. Foto: Shisma, dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
Las plantas fabrican sus propios pesticidas para defenderse, y comemos muchos más de esos que de los sintéticos. En 1992, los investigadores del Carcinogenic Potency Project, que desde los años ochenta analiza sustancias naturales y sintéticas, calcularon en la revista Science que en la dieta media de Estados Unidos se ingerían cada día unos 1.500 miligramos de pesticidas naturales y 0,09 miligramos de restos de pesticidas sintéticos. Según sus cuentas, el 99,99 % de los pesticidas que comemos son naturales, y cualquier sustancia natural, igual que las sintéticas, es tóxica a partir de cierta dosis.
Qué son los números E de las etiquetas
La E viene de Europa. Son los códigos de los aditivos alimentarios que se han autorizado en algún momento en la Unión Europea, y su evaluación corresponde hoy a la EFSA. La lista única empezó en 1962 con los colorantes y después se fueron añadiendo los conservantes, los antioxidantes, los emulsionantes y los espesantes.
Muchos aditivos son sustancias que ya están en los alimentos. El E300 es el ácido ascórbico, es decir, la vitamina C, y el E330 es el ácido cítrico, el del limón. Eso no convierte a todos en inofensivos en cualquier cantidad: tener número E solo significa que su uso estuvo permitido alguna vez, y algunos ya no lo están, como la avoparcina (E715), un antibiótico que se usó en piensos para animales.
El día que casi prohibieron el agua
En 1997, Nathan Zohner, un estudiante de 14 años de Idaho Falls, en Estados Unidos, presentó a una feria de ciencias un trabajo titulado «¿Hasta qué punto somos crédulos?». Pidió a 50 alumnos de noveno curso que votaran si había que prohibir el «monóxido de dihidrógeno», una sustancia presentada con un lenguaje alarmante: acelera la oxidación de los metales y puede causar asfixia. Votaron a favor de prohibirla 43. El monóxido de dihidrógeno es el agua.
Zohner ganó el primer premio de la feria, y el periodista James K. Glassman se inventó la palabra «zohnerismo» para el truco: usar un dato cierto para llevar a un público sin formación científica a una conclusión falsa.
Para leer más
La química y divulgadora Deborah García Bello lo cuenta en «Todo es cuestión de química… y otras maravillas de la tabla periódica» (Paidós, 2016), un recorrido por la historia de los elementos que desmonta, entre otras cosas, el mito de lo natural frente a lo sintético. En el Mercadillo de Zokko tienes una sección de libros de segunda mano donde buscar ese y otros libros de divulgación cerca de ti, y verlos en mano antes de pagar.
Javier Naranjo
Escribe en La Plaza sobre ciencia, videojuegos y actualidad.
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